Si no lo castigo, no aprende

16 noviembre, 2017

Imaginemos que vemos la habitación de nuestro hijo hecha un desastre. Y queremos inculcar en él la importancia del orden, por varias razones: porque ser organizado es una habilidad y un hábito que consideramos muy positivo en la vida y que, además le ayudará a encontrar mejor sus cosas (y un cuarto ordenado es  más bonito). Ante una escena así, ¿es el castigo un buen compañero? O más en concreto: Si castigamos, presas de la ira, a nuestro hijo por su cuarto desordenado, ¿aprenderá a ordenarlo gracias a ese castigo? Hay otra pregunta más que hacerse sobre los castigos: ¿nos ayudan no solo a guiar a nuestros hijos, sino también a conectar con ellos?

Maite Vallet, pedagoga y fundadora del Colegio María Montessori de Madrid, afirma con rotundidad que los castigos “están en función del estado de ánimo del que castiga y no están establecidos”. Es decir, si yo estoy de mal humor, podré castigar a mi hijo dos meses sin salir y si estoy de buen humor quizá ni le castigue. Pero es que además, señala Maite Vallet, los castigos se centran en el error y suponen “agredir y etiquetar”.

Por eso Maite nos propone “cambiar el castigo por que vivan las consecuencias de su manera de actuar” y nos recuerda que las consecuencias están establecidas, nuestro hijo sabe a qué atenerse. Las consecuencias son una ayuda para conseguir algo que le cuesta y se basan en la comprensión. No es un mero cambio semántico, es un importante cambio educativo. “Los castigos resaltan el error y las consecuencias ayudan a rectificarlo”, nos dice Maite.

Te  proponemos estas claves en torno al castigo:

  1. Premisa: seguramente todos estemos de acuerdo en que nuestro objetivo como educadores es guiar bien a nuestros hijos, hacer de ellos personas autónomas, responsables, respetuosas, amables… 
  2. Cambiar los castigos por consecuencias supone dejar que nuestros hijos vivan las consecuencias naturales de sus actos (si dejan la habitación desordenada no encontrarán los juguetes) o las consecuencias que habremos establecido antes, en calma: Si tu habitación no está ordenada no podrás ver la tele. 
  3. Cambiar el castigo por la consecuencia es un cambio de actitud de los educadores: no queremos que el que está aprendiendo ‘pague’ por haberse
    equivocado, sino que queremos animarle a aprender
    , de manera autónoma y calmada. 
  4. Nuestros hijos están aprendiendo y explorando y es normal que cometan errores. Pero centrarnos en los errores y etiquetarlos por ellos no va a ayudar a que dejen de cometerlos. 
  5. Si queremos de verdad que nuestros hijos sean responsables, es mejor que no los rescatemos de las consecuencias de sus actos y mantengamos la calma. Si nuestro hijo ha perdido su juguete favorito porque no lo guardó bien, es mejor mostrar comprensión y empatía por la pérdida sin ir corriendo a comprarle otro, sin ‘regalarle’ un precioso sermón que comience por “ya te lo dije” o sin dejarse llevar por la ira.

Si quieres saber cómo educar a tu hijo a través de las consecuencias y no del castigo, sigue los consejos que nos da Maite Villet en la versión completa del vídeo que encontrarás en www.gestionandohijos.com/plataforma.

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